Wednesday, August 30, 2006

La Ruta de la Seda (3a parte- final)

Tras Jiayuguan fuimos a Lanzhou, una ciudad que se extiende a lo largo de 30 km del Río Amarillo. Me ha encantado esta ciudad, al final no pudimos ir al monasterio tibetano de Labrang por problemas de tiempo (conseguir billetes para salir de Lanzhou también es difícil, y conseguimos unos para Shanghai gracias a mi carnet de estudiante y a levantarnos a las 5:30 am).

Pero no hay mal que por bien no venga, ya que en vez de Xiahe fuimos a explorar el templo de Bingling, un conjunto de esculturas de Buda en una montaña, al que sólo se puede acceder tras más de una hora en coche, más otras 2 horas en barco por el río Amarillo, y luego un paseíto por la montaña. Y la visita es flipante, es lo más cerca que me he sentido de Indiana Jones! Caminar por un puentecito para de repente descubrir una figura de Buda de 27 metros de alto, enclavada en una montaña y rodeada por cientos de figuras de buda... Merece la pena, y no sólo por el hallazgo arqueológico, sino también por la experiencia del Río Amarillo, pasando por escenas de montañas escarpadas con yaks en sus cumbres, y el río que es puro lodo (de ahí su nombre).

Y la vuelta en tren a Shanghai también tuvo miga... Al ser vuelta de vacaciones, los trenes están a rebosar de estudiantes que vuelven a sus escuelas. A las 6am conseguimos llegar a una ventanilla de la estación, tras hacer una buena cola. Pero sólo vendían litera a estudiantes, así que saqué mi carnet mágico y compramos una litera, y un asiento, confiando en que después podríamos cambiárselo a alguien con ayuda de un puñado de renminbis.

Pero qué va, nadie estaba dispuesto a pasar 25 horas (eso no lo sabía yo al principio!) en la zona canalla de los asientos. Así que para allá me fui yo, dejando a Jenny en la litera. No está tan mal, pensé al ver los asientos, en peores plazas había lidiado yo ya, tras un interrail de más de un mes a mis espaldas...

Jajaja, lo mejor estaba por llegar. Con los vagones repletos de gente, en la primera parada empezó a subir peña cargados de equipaje hasta las orejas. Como en un tetris, fueron encajando sus pertenencias por todos los huecos posibles, y luegos ellos se ponían donde podían... Sí, venden billetes sin derecho a asiento, que se reparten en los vagones de asientos claro (a los de litera no nos dejaban pasar). Así que el pasillo de cada vagón, aseos y zonas entre vagones se fueron llenando de gente. Cuando parecía que ya no cabía un alfiler, el tren volvía a parar en otra estación, y más gente subía... Como ganado.

Yo huí de allí, y mediante picaresca me colé en la zona de literas, para estar con Jenny, pero a las 22 h. me desalojaron, y la vuelta a mi vagón (del 10 al 3) fue de película: sorteando cuerpos tirados por el suelo, timbas improvisadas de cartas, montañas de equipajes... Aquí es donde he experimentado realmente las carencias de China. Es totalmente bochornoso, privar a esta gente de toda dignidad, en vez de poner más medios (más trenes, más vuelos...). Y es que, a las 2 de la madrugada, cuando todos están ya dormiditos, pasa uno de los controladores con una escoba y levanta a todos los que están sentados en el suelo, y luego se pone a fregar todo el
suelo (repito, a las 2 de la madrugada!) para evitar que se sienten. Y vuelvo a repetir, es un trayecto de 25 horas!!! Así que yo me apiadé de una chica muy mona, profesora de chino en instituto en Shanghai, proveniente de Baoji, y le dejé un rinconcito de mi asiento para que pudiera sentarse con dignidad. En cuanto se durmió se apropió de mi sitio, jajaja! La pobre, pero yo no podía dormir y me puse a charlar con un chico de 21 años, de un pueblo cerca de Dunghuang que estudia en Shanghai. Y así pasamos la noche, él le había dejado su asiento a otra chica de su pueblo, que compartío con otra señora, y así la gente tiene solidaridad y se pasa el trayecto. Además las luces no se apagan en toda la noche, así que los había que se pasaron la noche jugando a las cartas. Esta es muy buena gente, sí señor. Y el chico,
cuando le contaba que eso no eran condiciones, no entendía por qué; y tiene razón, en occidente nos acostumbramos a las comodidades demasiado rápido. Pero en China siguen siendo pragmáticos, y si hay necesidad de ir de un sitio a otro, y el tren tiene espacio para ello, por qué no iban a utilizarlo?

Por la mañana volví a colarme en las literas, y de allí ya no me sacó nadie hasta que llegamos a Shanghai. Y este es el fin de un viaje alucinante, a una región a la que sin duda volveremos (Jenny está ahora mismo chateando con unos chicos uighures que conoció en Kashgar...).

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